Ligón de noche, sobón de día.
Por desgracia, somos mucho más convencionales de lo que creemos y se nos ha metido en la cabeza que la seducción fortuita -no la que viene de lejos y poco a poco-, la fortuita, como digo, sólo puede ocurrir en fin de semana y en un garito. Y Cupido no entiende nada, porque no sabe de horarios y se afana en provocar encuentros entre unos y otros. Y claro, si los aceptamos, ante el resto parecemos unos “desesperados”, pero si los rechazamos porque nuestra cabeza está en otra cosa (porque es día laboral!) entonces posiblemente estemos perdiendo la oportunidad, no sé si de nuestra vida, pero sí de vivir una interesante aventura. La pregunta, como siempre, es ¿por qué no?
Por suerte, y aunque la situación parezca impropia para la seducción, hay gente que confía en su instinto y establece una oportunidad donde otros no la verían. En realidad, la vida está repleta de ese tipo de mensajes y posibilidades. Antiguamente, la calle, como demuestran las zarzuelas españolas, era un lugar muy apto para la seducción, hoy día tan sólo en lugares como Italia o Cuba, se puede encontrar a fulanos intentando ligar por la calle. Algo debe haber quedado en los genes etruscos porque las plazas romanas todavía siguen albergando esos personajes especializados en decir lindezas a los extranjeros.
El último tranvía.
¿En cuántas pelis hemos visto situaciones surrealistas en las que los protagonistas comienzan una aventura? ¿Y qué pensamos? Qué bueno si me pasara a mí … Pero, a la hora de la verdad… ¿estamos dispuestos? Más a menudo de lo que creemos, el deseo viaja en transporte público. Cuando trabajaba en una revista juvenil, un día llegó una compañera (la más locuela de todo el ya de por sí loco equipo, todo hay que decirlo) excitadísima, porque había ligado con un tío en el metro. Acostumbrados como estábamos a las locuras de Susana, escuchamos su batallita sin levantar la pantalla del ordenador, hasta que, desde recepción llamaron preguntando por ella.
- ¿Qué hago, qué hago? –decía ella.
Entonces fue cuando le prestamos de verdad atención porque el tipo que se había ligado ¡en el metro! se había acercado a su trabajo.
- ¡Pues, sal! –le decía Pepa que era muy lanzada.
- Ay, no sé...
-¿Pero te gusta o no te gusta?
- Bueno, nos estábamos mirando, me dijo que tenía unos ojos muy bonitos, nos pusimos a charlar, me pidió el teléfono, se lo di, me dijo que llamaría al trabajo... ¡Pero no pensé que me llamaría! ¡Si yo tengo novio!
- Sí, pero lo estás dejando –decía Pepa, a la que le encantaba añadir leña al fuego de estas situaciones-.
El caso es que Susana salió al hall de la empresa. Me imaginé al galán nervioso, preguntándose qué cuernos hacía allí, a las doce de la mañana, un martes, acudiendo a la cita con su presunta enamorada. Lo que no sabía es que ella estaba tan histérica como un viernes noche antes de su primera cita. Y quedaron!!!
Como ella, hay parejas que se han conocido en lugares tan incorrectos para la mentalidad dominante como el autobús. He de decir solemnemente que si ha existido alguna rebeldía en el mundo moderno ha sido la de individuos que han tomado decisiones tan en contra de la corriente generalizada como ésta. (Desde aquí, mi más sentido reconocimiento).
Otra cosa son esas sabandijas que aprovechan la congestión en el transporte público para buscar el roce por el roce, y de repente te ves con una mano que, para estar descansada, tiene una extraña postura que hace que, curiosamente, las yemas de sus dedos hagan contacto con tus nalgas. En esos casos lo mejor es un buen bofetón a tiempo. Pero nadie me va a negar que en algún momento de su vida la presencia matinal de un pivón en el autobús le ha alegrado el camino al trabajo… ¿por qué dejarlo en un frustrante aliciente? Pero si luego lo tenemos en la cabeza cuando nos dedicamos al amor propio!!! Juégatela, por Dios. Me vas a decir ahora que nunca has tenido esa fantasía en la que te dejas llevar por la pasión en el asiento de atrás de un tren con quien se sienta a tu lado aunque no conozcas ni su nombre…. mmm...
La biblioteca.
Existe otra categoría en esto del ligue diurno: las bibliotecas, museos y cafeterías de filmotecas. Allí se ubican los ligones intelectuales, que te embaucan con conversaciones interesantes, filosóficas, con comentarios brillantes… y te empiezas a relajar porque te crees que estás “a salvo”… desconfía!!! Sea intelectual o “básico”, te engatuse con un bailecito o con una conversación ingeniosa, los ligones y ligonas buscan lo que buscan. Eso sí, al menos hasta que llegue el momento habrás tenido una constructiva experiencia en el mundo de las artes…. Pero que nadie se extrañe si el o la intelectual de la filmoteca termina reclamándote lo mismo que el pivón de la discoteca. El instinto es el instinto…
Mención aparte merecen las miradas cruzadas en el silencio de una biblioteca, cuando sientes su retina clavada en tu nuca, o el intercambio –bastante adolescente, por cierto- de notitas. No hay más que sentarse en la última mesa y prestar atención… en cuanto escuchas unas risitas ahogadas y diriges la mirada al lugar de donde provienen, te encuentras con una parejita tonteando, mezclando apuntes y guiños… hasta que se levantan a la vez para ir a la máquina de café… pero si es fantástico!!
Love is in the air.
Y es que, como explicaba al principio, el amor no se espera mordiéndose las uñas a que llegue el fin de semana y nos pongamos nuestras mejores galas. Llega, provoca la chispa, y punto pelota. Si te apuntas a taichi, sé consciente de que en medio de esa postura en la que pareces un luchador de sumo, alguien te estará mirando, y si vas al mercado, sobre todo si eres un hombre, las mujeres te observarán con lujuria mientras observas la merluza que te están cortando en rodajas. Puedes sacar al perro con una sonrisa y trabar una conversación con el vecino del portal de al lado, que tiene un chucho espantoso pero él está como un tren. Y puedes pedirle cien vasos de agua a esa camarera que está tan espléndida a las cuatro de la tarde. Realmente, ¿quién te lo impide?
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